domingo, 4 de mayo de 2014

Mi refugio antiaéreo. Por Ío Wuerich.



En mi vida hay una persona a la que quito espacio en su cama. Y no sólo espacio, sino también sábanas, mantas, ropa, calzoncillos. Le quito tiempo, le muerdo las rodillas, le hago enfrentarse a mi (descomunal) orgullo y pelear a muerte sin mayor motivo. Él tiene que aguantar mis chistes malos, mis conflictos, mis comentarios airados contra el televisor, mi inteligencia y mi estupidez; como yo los suyos. Y ambos tenemos en mente aguantarnos durante muchos, muchos años más.

Al final he hecho lo que no quería y he escrito sólo una estupidez más sobre el amor, algo que cualquiera con media neurona activa podría expresar sin tener que pensar tanto como he hecho yo. La palabra escrita no es mi punto fuerte, qué le vamos a hacer.

lunes, 21 de octubre de 2013

Homeostasis tú. Por mí.

Cada vaso cuenta. Y no me refiero a los que pueden llenarse o vaciarse. Y eso lo sabes cuando has lidiado con hemorragias en sábana. Que son capilares, vale. Pero no veas lo que cuesta parar el sangrado y no puedes ir uno por uno cauterizando. Cada cual cumple su función. Repartir la sangre arterial por todo el cuerpo y recoger la venosa para purificarla. Y así, más de setenta veces por minuto por tu culpa. 

Me limpias y por momentos parezco una patena, una copa recién salida del lavavajillas, sin rastro de cal, sin huellas. Te sirves un whisky y me agarras con tus dedos, esa presión justa para  no dejarme caer, pero no demasiada para no romperme. No es más mágico porque no existe. Son fuerzas, vectores, física. Bastante más fantástico de lo que parece cuando lo entiendes. Y me manchas. Dejas un rastro de carmín, tus células muertas, la marca de que has bebido, tu olor, un rastro de tinta que todavía llevas en la palma de la mano.

Me siento plasma por el que discurres como célula sanguínea. Y al revés. O bacteria si me abrazas cual macrófago para aislarme de todo lo que puede dañarme cuando voy por ahí infectando a lo loco. No puedo pensar con claridad y, sin embargo. Las arterias y las venas circulan paralelamente, junto con los vasos linfáticos. Y, de repente, me parece lo más hermoso que he visto jamás. 

Es pronto. Muy pronto. Pero quiero admirar el prodigio desde dentro. Salpicarme con tu sangre. Abrigarme en tu endotelio. Traspasar la barrera hematoencefálica.

Vasodilátate, amor.



jueves, 3 de octubre de 2013

No sabes la puntería que tienes hasta que disparas al aire. Por mí.

Estaba haciendo ritmo con los dedos en la mesa mientras escuchaba una canción de esas que jamás confesaré porque soy lo suficientemente idiota y empecé a especular sobre lo mío. Sin darme cuenta fabriqué una línea de percusión que encajaba a la perfección con la melodía e incluso la mejoraba. Y concluí, unos instantes después (es necesaria esta aclaración porque me lleva tiempo concluir, es una tarea tediosa e inútil la mayoría de las veces), que eso debería hacer  con las personas que me rodean. Complementarlas hasta el punto de influir positivamente sobre ellas, arreglarlas, cambiarles el sonido, intentar una versión que supere la original. Me dí una ducha, por el mero hecho de que es la hora de la ducha (cosa que me parece terrible si lo medito en profundidad y por eso sufro constantemente). 

Mientras me secaba y me observaba en el espejo de forma inevitable  (los años no pasan en balde que no has de beber, pero aún así una se mira con ojillos), remodelé mis argumentaciones o, más concretamente, les dí la vuelta. Y me percaté de que eso es lo que hacen conmigo las personas que me quieren. Me dan la vida que me falta, me ceden el paso, me aparcan el coche, me avisan de los errores cometiéndolos previamente, me advierten de que no hay peligro, me dejan equivocarme, me arañan en la espalda, pero nunca me la dan, me enseñan a aprender, me ayudan a asimilar lo que tanto cuesta y tan poco vale, me abren la mente y todas las puertas. Expanden mi universo particular y lo mantienen con una red invisible. Empujan y tiran y rompen y arreglan.

Me lío un cigarro y, de paso, los días. Pienso en mañana y no quiero morirme. Son el motivo, la razón, el amor y las ganas. Siento cada palpitación como si fuera suya y aplaudo a la filtración glomerular, la respiración celular, al colédoco, a la actividad plaquetaria, a las inmunoglobulinas y a mi concordancia acetábulo femoral. Supongo que se me olvida algo. De hecho lo sé. Pero para eso está lo que queda por venir, para ir reparando. 

No me sale bien todo lo que intento. Es inevitable. Que nos lo dicen poco para lo mucho que sucede. Pero aquí estoy, rozando el optimismo con los dedos, en estos tiempos en los que parece muy normal vivir como un muerto y arengar a los necios.

No quiero arrepentirme de haberme callado. El peor pecado es creer que existen y el segundo, observar algo bello y dejarlo pasar.

Gracias, malditos hijos de puta.


miércoles, 2 de octubre de 2013

jueves, 29 de agosto de 2013

A mi pesar. Por Qué.

Quema pensar que despertar, 
a mi pesar, 
es un lastre del que no puedes deshacerte.
Duele admitir que soñar,
a mi pesar,
era más enigmático de niña.
Jode creer que vivir,
a mi pesar, 
será algo que echaré en falta cuando quede poco.

Maquillo el día a día más que la piel,
suponiendo, a sabiendas de que no,
quedan muchos amaneceres que ninguna compañía
de seguros estaría dispuesta a incluir en su póliza.

Juego a ser más lista que el hambre,
la misma que jamás he pasado,
ni siquiera de amor.

Me aferro a la carne que  abraza mi esqueleto,
soporta mi deliro de artificio borgiano;
al encéfalo que marca mis fuegos ficticios;
a mi memoria que se deshace de lo que supone prescindible
y guarda lo que dibuja la huella que nadie ha 
pisado previamente, que nadie deja de pisar jamás.

Concluyo en un tablero
esperando la jugada magistral
que no se me acaba de ocurrir,
sin atrever a mover ficha
cuando estoy muy segura,
provocando jugadas a la desesperada
cuando no hay estrategia posible.

Equivoco todas las dianas de todos los disparos,
pulso el botón de avanzar más rápido
si me aburre
o de avanzar más lento 
si me place.

Hago trampas, confundiendo la mentira con
la habilidad, la piedad, la vida.
Me confundo como si fuera un gabinete multidisciplinar,
un comité de expertos extranjeros,
un cónclave de ancianos que creen poseer  la verdad
en su haber, sin haber hecho los deberes.

Me llevo conmigo a todos los bares 
y ya nunca los cierro, 
porque acabo antes como antes.

Podrías venir, si quisieras,
poner patas arriba lo que nunca ha dejado de estarlo,
con orden y un concierto de los Doors,
algo de fumar y un abrazo de esos que
te parten, si me rompen.
Porque hay fracturas que forman un callo óseo
con defecto, mal curadas, 
y para recomponerlas hay que romperlas otra vez.
Pero no te lo aconsejo.

[When it's sleepytime down. Wynton Marsalis]

jueves, 22 de agosto de 2013

Desamor propio. Por OliverTuits.

Hay quien cree que el ingrediente principal de la tragedia amorosa es perder algo irrecuperable: toda la poética del desamor proviene de esta idea de que poseíamos algo único que de repente ya no tenemos, y que no va a volver. No hay remedio y uno se ve sentenciado a una cadena perpetua de soledad en la que la única opción es seguir adelante arrastrándose.

Menudo montón de mierda.

Obviando que todos nuestros problemas (senti)mentales provienen de esta falsa idea de posesión, hay algo mucho peor. Estar con alguien de quien no puedes desembarazarte de ninguna manera.
Te despiertas por la mañana y encuentras a este tipo: tiene los pómulos prominentes,  la nariz un poco torcida y un bigote ridículo. Te mira con ojos glaucos y un poco desesperanzados, bovinos y acuosos. Observas cómo se compadece y quisieras partirle la cara para darle un escarmiento.

Sales a la calle buscando encontrar a alguien que lo haga por ti. Porque no puedes salir de  él, su conciencia es como un canal que has sintonizado y del que no puedes escapar. Tan pronto como comprendes que estáis condenados a convivir, buscas evasiones: te tiras de un avión, empiezas a correr dieciséis kilómetros al día y a llevar tu cuerpo al extremo, y cuando no funciona, tiras de soluciones aún menos saludables y acabas en un baño vomitando junto a una desconocida que te aprieta de la mano cada vez que te sobreviene una arcada.

Al día siguiente la autocompasión se ha neutralizado. Porque es imposible sentir lástima por el hombre que yace en la cama con un termo gigante de café y una bolsa de hielo en el ojo. Él se lo ha buscado. Que se retuerza entre las sábanas y sufra los mimos asépticos de quien sea que fuera aquella mujer.

Lo triste es que no solo es imposible para ti sentir compasión por quien se autodestruye, sino que también lo es para lo demás. Y mientras paseas tu nuevo prototipo de cadáver por la casa de tus padres, o por la de algunas de las personas que realmente se preocupan por tu estado, descubres que su mirada te traspasa. Que ya no solo no están preocupados por ti, sino que sienten alivio por haberse visto liberados del dilema ético de tener que ayudarte.

Nadie puede ayudar a alguien de sí mismo, nadie puede ayudar a quien no se deja ayudar, etcétera. Repiten ese mantra y tú te alejas dando pasos atrás, porque sabes que algunas derrotas también hay que ganárselas a pulso.

Con el tiempo llegas a sentirte cómodo habiendo tocado fondo, porque allí no hay corrientes inesperadas, milagros ni accidentes: lo bueno del hundimiento es que no es impredecible. Cada día sabes lo que te espera. Y puedes compensarlo, puedes equilibrarlo con tus rituales y tus planificados excesos. Con las anclas que te mantienen bien clavado al fondo.

Hasta que un día quizá, en uno de los agujeros donde te refugias de ti mismo y bebes hasta caer rendido, encuentres a uno de esos ángeles que bucean. Una de esas personas sin juicios en el iris que se mueve sin seguir ninguna lógica, que se deja arrastrar por todas las corrientes y que sin saber muy bien cómo está allí, adonde no llega ni la luz de la superficie, cogiéndote de la mano.

Y cuando baila sobre tus zapatos y te acompaña al escenario donde celebras el desastre, esperas que se derrita en el fuego que te corroe desde que tienes memoria, que se retuerza una noche entre sus sábanas y que a la siguiente se diluya sin dejar demasiado rastro, engullida por la espiral de tus rituales.

Pero ella no desaparece. Un día aparece corriendo detrás de ti, en esos dieciséis kilómetros en los que intentas matarte sin éxito. Otro día te acompaña a la visita mensual en la que normalmente das parte de tus heridas, y en la que todos te traspasan con la mirada. También sostiene la bolsa de hielo y te observa cuando abres los ojos, pero no te pregunta por qué.

Y cuanto más insiste en no desaparecer, más comprendes que ella nunca va a preguntarte nada. Que los ángeles que bucean no entienden a las personas de ese modo. Que se ha hundido hasta las rodillas en tu desguace emocional para salvar las piezas más importantes.

Y entonces tienes la sensación de que la espera ha merecido la pena, porque después de tantos accidentes ha sucedido un milagro. Y mientras flotas en este bálsamo reparador tienes que volver a estudiar tus propias lecciones: que todos nuestros problemas (senti)mentales provienen de la idea de posesión.

Recuerdas como solo se recuerdan las certezas que no hay ninguna experiencia que se pueda poseer. Que la idea de que la vida está llena de cosas y personas que vamos acumulando como propiedades que podríamos perder en cualquier momento, quedando como tullidos sentimentales que se ven sentenciados a una cadena perpetua de soledad, es una macabra ilusión. Ni siquiera tú te perteneces a ti mismo.

Que en realidad nunca hemos tenido nada, que solo somos actores que pueden participar  o no, pero que las experiencias danzan a nuestro alrededor: pasarán a través de ti y dejarán que las vivas, pero no que las hagas prisioneras. Que no somos dueños de nada. Solo pasajeros.

Esa certeza de que no hay certezas te enseña a bucear. Y todas las anclas que habías echado dejan de tener razón de ser. Y te das cuenta que ése hombre al que odias no tienes por qué ser tú: podrías sintonizar cualquier otro canal, engancharte a cualquier otra corriente. Podrías dejar de sacar concienzudas lecciones sobre todo, de escribir normas sobre la vida, de crear rituales. Podrías dejar de mirarte con tantos juicios en el iris. Y ser, como dijo Rimbaud, otro.


Pero antes, dejas una pintada en el fondo por si tus anclas tuvieran algún día un nuevo dueño: el amor de otro cura el desamor propio. Y te dejas llevar. Porque claro, también se bucea hacia arriba.

domingo, 4 de agosto de 2013

Minor swing. Anónimo.

Mi fantasía adolescente imaginaba que querer a alguien era como escuchar en exclusiva y permanentemente en tu cabeza un tema de Django Reinhardt. Dotada de una sensibilidad particular, podías apresar al instante cualquier destello de belleza y bondad que se abriera paso hasta tus ojos enamorados. Y sí, claro, el amor es I’ll see you in my dreams, y bailar aferrados y desnudos en penumbra, como huérfanos pobres que de pronto se sienten milagrosamente omnipotentes. 

Pero más tarde, casi insensiblemente, la música se vuelve agradable, sí, pero algo plana, como  si por momentos fuera la melodía del hilo musical de un hotel algo cutre. Y ojalá dure ese  estado congelado en un bienestar sin mucho brillo. Ojalá no venga rápido a buscarte la distorsión cavernosa y estridente de la decepción, esa que no consigues explicarte mientras vagas como un alma en pena por la ciudad, con sandalias algo pequeñas de niña que ha pegado un súbito estirón, y las rodillas sucias y despellejadas de desengaños. Esa especie de autocompasión densa y pegajosa como la pez mezclada con el espanto de quien despide a su ser amado tras una colisión mortal. Con el desamparo de alguien a quien le arrebatan lo que en algún momento creyó que le correspondía.


Como es evidente, a la larga las rodillas curan, aunque queden finísimas señales casi inapreciables a la vista. Y ya nada impide acercarse, confiados y alegres de nuevo, a ese bar de la esquina donde lejanamente parece escucharse las notas iniciales del Minor swing.